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Las incansables ollas del conurbano

  • Foto del escritor: Maitena Martins
    Maitena Martins
  • 26 nov 2025
  • 5 min de lectura

Actualizado: 15 dic 2025

En los comedores populares se cocina resistencia y comunidad para sostener la vida ante la inflación y la falta de políticas. 



El sol amanece lento sobre los techos de chapa y los cables colgantes de Gregorio de Laferrere. A esa hora, cuando el aire todavía tiene algo de frío, Doña Marta ya está frente al portón del comedor del barrio. Sus manos curtidas sujetan el termo abollado, las flores del delantal se mueven con sus pasos. Abre el candado y entra en un salón donde la humedad se mezcla con el eco de días anteriores. Enciende la hornalla y el olor a cebolla y condimentos empieza a imponerse. Afuera, los ladridos, el paso de colectivos y las motos que zigzaguean entre pozos levantan polvo. “Hoy, guiso de lentejas”, dice, sin esperar respuesta.


Según Marta, “si la olla se enfría, el hambre vuelve”, y en un barrio donde casi dos de cada tres hogares no llegan a cubrir la canasta básica, eso se mide en porciones, no en pesos. Las veredas rotas y los grafitis improvisados hablan de un conurbano que no se rinde.


Mientras revuelve con un cucharón sin mango, Joaquín -gorra gastada, mirada clara- corta verduras sobre una tabla que alguna vez fue blanca. Sin trabajo fijo, llega antes del mediodía. “Si hay pan, se come mejor”, comenta, acomodando rodajas sobrantes de la panadería del barrio, en una provincia donde la tasa de desempleo del primer trimestre del año llegó al 9,3%.


Los chicos ya se asoman por la ventana: algunos con guardapolvos, otros descalzos, todos con hambre. Sofía, de 8 años, trae a su hermanito en brazos. “Mamá está trabajando”, repite, aunque eso signifique vender tortas o juntar cartones. Un cartel pintado con témperas dice: “Donde hay hambre, hay comunidad”, y allí la estadística se vuelve consigna. Cada detalle del barrio tiene su olor particular: asfalto húmedo, humo de parrillas, y la certeza de que nadie se salva solo.


En otro punto del mapa, Quilmes despierta entre talleres mecánicos y casas bajas. El comedor abre mientras todavía huele a pan caliente. María, al frente desde hace veinticinco años, corta cebolla sin pestañear. “Antes cocinábamos para cien, ahora para quinientos” dice, con la naturalidad de quien habla del clima. Lucía, estudiante de enfermería, ordena tachos y latas con etiquetas a medio borrar. Don José llega con verduras de la feria. “Esto me lo dejó barato el gallego”, comenta.


Desde 2019, la dependencia de la asistencia alimentaria en el conurbano se duplicó, aunque esas cifras no se mencionan al preparar cada olla. Entre las casas bajas y los pasillos angostos, cada olor de comida revive la memoria colectiva de un territorio que sabe de escasez y resistencia.


El hambre en Argentina se esconde: aparece en los informes del INDEC y en la letra chica de los presupuestos, pero también en el aire de los comedores. Más del 50% de los niños vive en hogares pobres, pero esa cifra se comprende realmente cuando Sofía pide repetir. Marta agrega ajo para que parezca más comida y usa marcas siempre conocidas: arroz Marolio, puré Molto, fideos Doña Luisa. La inflación anual en alimentos supera el 270%, aunque lo que realmente importa es cuántos platos alcanzan antes de que se acabe el aceite. El conurbano no es abstracto: sus calles, sus barrios y sus chicos hablan de un país que se mide en hambre y creatividad simultáneamente.


En Tapiales, un salón comunitario de colegio abre con los primeros ruidos del tren. Delia y Norma prenden la garrafa y descargan bolsas de arroz y harina Cañuelas. “Si lo alargamos con verduras, llegamos”, explican, mientras la radio anuncia otra suba de la leche. Conversan sobre alquileres atrasados, changas y vecinos que perdieron la Tarjeta Alimentar. Según la Defensoría del Pueblo Bonaerense, casi la mitad de las familias del conurbano gasta más del 50% de sus ingresos en comida.


El mediodía llega con su propio ruido. En Quilmes, los chicos hacen fila frente a la olla donde hierve lento el guiso de arroz con pollo. “De a uno, que alcanza para todos”, repite María. En Laferrere, Marta sirve lentejas a jubilados que llegan con bolsitas de tela; en Tapiales, los voluntarios reparten pan y gelatina Exquisita. Cada cucharón es una decisión. Cada comedor entrega, en promedio, más de trescientas raciones diarias. Joaquín sonríe: “Hoy vinieron más que ayer”, una señal buena y triste a la vez. Entre calles que no tienen nombre en los mapas oficiales, las ollas trazan rutas invisibles de solidaridad.


Infancias que resisten entre platos y juegos



Las voces de los chicos llenan los huecos. “Está rico”, dice Kevin, que ayer no cenó. En Quilmes, Valentina se ríe mientras Lautaro le cose el guardapolvo con hilo rojo. En Tapiales, los pibes patean una pelota sin aire hasta que llega el postre. Un estudio del CONICET indica que el 38% de los chicos del conurbano va a un comedor tres veces por semana o más, aunque ellos solo saben que el plato tibio calma el hambre, sin etiquetas ni estadísticas. Las plazas, las calles cortadas y las canchas improvisadas forman un escenario donde los chicos aprenden a ser comunidad tanto como aprenden a sobrevivir.


Los comedores son también una especie de escuela paralela. La juventud encuentra allí un espacio distinto al de las esquinas o las pantallas. Muchos voluntarios son estudiantes de la Universidad Nacional de La Matanza o la Universidad Nacional de Quilmes. “Anotamos cuántos vienen, por si hace falta más”, cuenta Lucía. No militan partidos, militan la supervivencia. Entre guisos y apuntes, aprenden logística, economía doméstica y estadística empírica: cuentan porciones y miden dignidad. En ese conurbano que algunos ven solo como un conglomerado de villas y casas bajas, se construye otro mapa: uno de redes, de cuidados, de resistencia cotidiana.


A la tarde, el vapor se apaga y los platos se apilan. En Quilmes, María revisa cuántos paquetes de arroz quedan; en Laferrere, Luciana anota que falta aceite; en Tapiales, Delia guarda un taper para Don Ramón, el vecino que ya no puede caminar. Afuera, el sol cae sobre un barrio que sigue moviéndose. Cuatro de cada diez comedores redujeron porciones o días de apertura, pero ninguno cierra del todo: saben que, si lo hacen, alguien no come. Cada barrio tiene su propio ritmo de resistencia: colectivos que retumban, chicos que corren entre charcos y vecinos que saludan desde las veredas.


El conurbano, con sus calles rotas y ferias improvisadas, se refleja en estos espacios como un espejo áspero pero fiel. Donde el Estado llega tarde y la inflación se come el almuerzo antes que el sueldo, son las mujeres –casi siempre mujeres- quienes sostienen la vida. La mayoría tiene entre 40 y 60 años; muchas empezaron en pandemia y nunca pararon. “Esto no es caridad”, sentencia Marta–, “es costumbre”. En sus palabras se condensa una filosofía barrial: cocinar para otros como modo de existir. Entre el ruido de las bocinas, los ladridos y las charlas de pasillo, se percibe el pulso de un conurbano que sobrevive con sus propias reglas.

Cuando cae la tarde, Marta cierra el candado en Laferrere; María apaga la hornalla en Quilmes y Delia guarda los platos en Tapiales. Las tres miran el barrio y, sin decirlo, piensan: mañana, otra vez. En cada olla vacía hay una historia que el país todavía no mira. La Universidad Católica Argentina indica que siete de cada diez hogares del conurbano no logran cubrir la canasta básica, lo que en la práctica significa que siete de cada diez noches muchos se acuestan sin cenar. “Mientras podamos, seguimos”, dice María. Cada calle, cada baldosa, cada árbol caído recuerda que estos barrios construyen comunidad sin esperar aplausos.


Porque mientras algunos discuten índices, acá se pelea el hambre con cucharones. En esa batalla silenciosa, el conurbano demuestra lo que la economía formal olvida: que la comunidad sigue siendo la forma más antigua –y más humana– de resistencia. En un país de diagnósticos fríos y cocinas calientes, estas ollas laten como un corazón compartido: obstinado, generoso y, sobre todo, vivo.


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