Peregrinación a Luján: juventud en acción
- Franco Milan

- 26 nov 2025
- 5 min de lectura
Actualizado: 15 dic 2025
Cientos de miles de caminantes recorrieron 70 km, atravesaron el conurbano y cumplieron un objetivo que va más allá de alcanzar la mítica basílica.

En la escena pública no abundan eventos que logren convocar a toda la sociedad a participar de una movilización desinteresada y que reúna a un número tan grande de personas. Menos aún en tiempos donde el individualismo promueve una soledad multitudinaria Por eso, la Peregrinación Juvenil a Luján cala tan hondo en el imaginario popular y se convierte, año tras año, en un viaje que expresa las formas en que los jóvenes eligen representarse a sí mismos, aunque muchas veces esas formas no coincidan con lo que marcan las agendas mediáticas o políticas.
“Caminar por tantas horas con un único objetivo en mente, que es a la vez tan vacío como repleto de significado, es algo que me moviliza cada vez que realizó la peregrinación”, comentó Federico, joven de Ciudadela que este año completó su séptima caminata. “Voy porque siento que lo necesito para saldar cuentas conmigo mismo, la religión, en mi caso, pasa a un segundo plano, el hecho de ir resulta movilizante en sí mismo”, agregó Federico.
Cuenta la leyenda que, en 1630, un adinerado portugués radicado en Santiago del Estero encargó dos estatuas de la Virgen María que serían enviadas al norte del país desde el puerto de Buenos Aires, ya que provenían de Brasil. Durante el trayecto, al llegar a la estancia de Don Rosendo de Oramas, cerca del río Luján, los bueyes que tiraban de la carreta se negaron a avanzar.
Tras varios intentos fallidos, los carreteros descubrieron que, al retirar una de las cajas, los animales reanudaban la marcha sin dificultad. El hecho fue interpretado como un milagro: la Virgen “había elegido” quedarse en ese lugar. La imagen permaneció allí, en un pequeño altar construido por el Negro Manuel, uno de los esclavos africanos que acompañaban la caravana, quien fue designado custodio de la Virgen y luego se convirtió en guía de los primeros peregrinos.
Desde entonces, motivados por el mito, miles de personas comenzaron a peregrinar espontáneamente. El modesto altar dio paso a una imponente basílica, y las movilizaciones crecieron de manera sostenida aunque sin una organización formal, hasta que algo cambió en 1975. Ese año se realizó la primera Peregrinación Juvenil, dando origen a una tradición que, medio siglo después sigue vigente.
UN EVENTO INOXIDABLE
Con extrema rapidez, la peregrinación se transformó en un suceso profundamente arraigado al sentir popular. Creció exponencialmente en los años ochenta, en plena postdictadura, y se consolidó durante las crisis económicas de los noventa y los dos mil, hasta convertirse hoy en un evento central de la cultura popular, donde la fe católica trasciende su propio marco para incorporar consignas de unidad, solidaridad y justicia social.

Este año, y en un hecho que debemos leer no como una simple coincidencia, la masividad del evento igualó a la más concurrida de la historia, que se dio en 2013, año de la asunción del Papa Francisco como Papa. Cerca de dos millones y medio de personas, alrededor de 500 asociaciones, iglesias, y equipos de apoyo se congregaron en la 51° Peregrinación Juvenil y realizaron el famoso trayecto que atraviesa todo el conurbano, cruzando por los partidos de Tres de Febrero, La Matanza, Morón, Ituzaingó, Merlo, Moreno, General Rodríguez y Luján.
Setenta kilómetros, cien mil pasos y entre doce y dieciséis horas separan a los caminantes de su meta. Un recorrido que, al final, siempre deja la huella de una gesta colectiva. En la misa central de este año, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, expresó: “Llegamos aquí con nuestras cruces personales, con dolores, con tristezas, cargando fracasos y broncas: llegamos con los pies cansados, pero el alma llena de emoción”.
En este contexto, surge, casi inevitable, la pregunta del porqué. “Esos setenta kilómetros valen cada paso que das. Todo valió la pena y se sintetizó en ese momento de llegar y sentir una mezcla de emociones hermosas”, contó Diana López, una joven de 26 años de Claypole, que participó por primera vez este año. “Sé que puedo extrapolar esa experiencia a otras situaciones de la vida: aunque a veces sienta que no puedo, si me esfuerzo, la recompensa llega”, agregó.
JUVENTUD Y CONSTRUCCIÓN DE COMUNIDAD
Las motivaciones de los jóvenes para emprender esta caminata parecen distantes de la imagen que algunos opinadores, sin los pies hinchados de tanto caminar, construyen sobre ellos. Mientras algunos medios los califican como “perdidos”, “apáticos” o “superficiales”, son ellos mismos quienes el domingo 5 de octubre dieron la respuesta. “En un contexto donde se exalta el individualismo, donde importa solamente uno, me sentí muy bien con esa contención colectiva en la que nos ayudamos entre todos. Entre todos llegamos, entre todos podemos”, relató Diana.

La idea de comunidad no queda en una consigna vacía: se percibe en cada paso que los caminantes dan hacia su objetivo final. A lo largo del trayecto, que atraviesa de punta a punta una región tantas veces estigmatizada como el conurbano bonaerense, los propios vecinos se encargan de desarmar prejuicios con gestos concretos.
Cada año se repite la escena: cientos de personas que viven a la vera de la ruta ofrecen agua, té, mate cocido, frutas, galletitas, pan, caramelos o simplemente una palabra de aliento, un gesto tan sencillo como poderoso que muchas veces resulta más reparador que cualquier alimento.
La peregrinación a Luján también es posible gracias a una inmensa red de voluntarios que sostiene la logística invisible del evento. Equipos de apoyo montan puestos sanitarios, distribuyen alimentos y prestan primeros auxilios a lo largo de los setenta kilómetros. Su esfuerzo, que reúne a personal de salud, scouts, parroquias y organizaciones civiles, se considera otra forma de peregrinar, ya que sin su trabajo silencioso, muchos menos lograrían completar el camino.

Maria Nieves, médica voluntaria de la parroquia San Cosme y San Damián de Mataderos, comentó esto al respecto: “lo que hacemos en el grupo de apoyo es muy sacrificado, por eso es otra manera de peregrinar sin lugar a dudas. Formamos parte de cada paso que acerca a los peregrinos un poquito más a su destino y nos llena de satisfacción ver sus caras rebalsadas de alegría cuando llegan finalmente a la Basílica”.
En definitiva, la Peregrinación Juvenil a Luján puede interpretarse como un espejo entre la juventud y el conurbano: dos dimensiones históricamente subestimadas que, al encontrarse, producen sentido colectivo. En un territorio que suele ser narrado desde la carencia, los jóvenes reescriben su realidad desde la acción y la unión popular. Luján no es solo un destino, es una demostración de que la identidad, la solidaridad y la esperanza siguen vivas en los márgenes, donde la comunidad se organiza incluso cuando nadie la mira.




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