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Ni virtual ni a distancia

  • Foto del escritor: Francesca Di Benedetto
    Francesca Di Benedetto
  • 26 nov 2025
  • 6 min de lectura

Actualizado: 15 dic 2025

A pesar de lo que se podría esperar de las nuevas generaciones, cada vez más jóvenes prefieren los encuentros presenciales y el "cara a cara". 


En un recital de Los Piojos, una pareja se abraza, banderas se flamean y un gran grupo de gente joven se amontona frente al escenario.

Tras una angosta puerta de dos hojas entre faroles, en una calle ancha de La Matanza, dos parejas se sientan cara a cara, cada par en su mesita. Bajo las tenues luces, uno de los macetones esconde detrás de las plantas la caja de PedidosYa. Detrás del mostrador, Irupé responde que prefiere salir a merendar con amigos que pedir un delivery. Podría parecer una peculiaridad, tratándose de jóvenes empleados de un restaurante de sushi cuyas ventas son mayormente en delivery y take away. Sin embargo, y a pesar de lo esperado, son muchos los jóvenes que, antes que “a distancia”, buscan encuentros presenciales. 


Ya desde la invención de la escritura, la humanidad, corpórea como cualquier otra forma de vida, comenzó a  desligarse del cara a cara como única forma de interacción posible, pero hoy asiste a un proceso acelerado de “virtualización”, que es el uso de infraestructuras y de programas para que la información y la comunicación acompañen o sustituyan actividades presenciales. Desde hace ya una década que cualquiera puede, por ejemplo, acceder a vastos conocimientos desde la comodidad de su cama calentita.


Y, sin embargo, la peregrinación a Luján número 51 fue una de las más numerosas de los últimos años, y entre los jóvenes surgen ciclos y eventos que buscan generar conexiones entre desconocidos, como “Timeleft” o “Dársena Match”, “Vinito y Amigos” (una alternativa a las apps de citas) o los encuentros organizados por “La chica de los planes”, Mich di Bastiano. ¿Cómo se explica esto? Un estudio de Ingka Centres, una empresa que crea lugares de encuentro en Europa, China y Estados Unidos, detectó que el 66% de la generación Z (aquellos nacidos entre 1997 y 2012) prefieren las reuniones en persona por sobre las virtuales.


Las mesas en el angosto restaurante de sushi están ocupadas por jóvenes que disfrutan su cena.

Belén y Candela también prefieren comer afuera, cuando sea posible. Se encuentran los sábados por la noche con otros jóvenes que rondan los 20 años en un salón arriba de la iglesia “Dios es por nosotros”. Se sientan alrededor de tres mesas redondas, alineadas una junto a la otra, servidas con bizcochitos de grasa, cañoncitos de membrillo, tereré, mate y café. Tras un juego de buscar pasajes en la Biblia y un empate declarado entre los dos bandos, los jóvenes de la “célula” -como se le llama a los grupos de reunión informal de las iglesias evangélicas- fueron invitados a compartir reflexiones a partir de una lectura bíblica.


Al ver que no todos aportaban voluntariamente a la conversación, uno de los líderes, Lucas, fue preguntando uno por uno a los diecisiete asistentes. Al finalizar la reflexión, otra de las autoridades, Sofía, pidió silencio para anunciar los próximos eventos de la iglesia. “Si las reuniones fueran virtuales, las haría igual”, admitió más tarde, pero añadió: “De ahí a que me gusten, es otra cosa. Imaginate que ya así cuesta”.


Doctor de Estado en Ciencias y Letras Humanas por la Universidad de Strasbourg y doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, para Manuel Martín Serrano las actividades que pueden virtualizarse son aquellas que no requieren afectar físicamente a otros, que no necesiten la presencia en un lugar y tiempo determinados, y que no impliquen participar activamente en la transformación del entorno. Pero en el grupo de Lucas y Sofía, la charla fue simplemente eso: una charla, durante la cual los únicos teléfonos celulares que se avistaban funcionaron como herramientas para buscar algo y compartirlo en voz alta.


Candela reconoció que si los encuentros fueran virtuales no se conectaría. “Lo presencial me obliga a venir”, explicó. Junto a ella, Belén asintió: “Además, acá podés charlar, compartir. Pero si es virtual, es más pinchado”. La célula, a la que definieron como “constructiva” y “acogedora”, terminó con los asistentes apilando las sillas y dejando las mesas donde deberían estar. 


En el auditorio de la biblioteca de la Universidad Nacional de La Matanza, los lunes a la tarde, también se forma una larga mesa. Sobre los escritorios alineados pueden verse cuadernos y anotadores entre los que hay termos, paquetes de galletitas y un platito de plástico con bizcochos de grasa y porciones de budín. A pesar de todas las sillas acomodadas en la sala, ninguno de los asistentes al Club de las Palabras se aisló. Las ocho cabezas se encontraban casi perfectamente enfrentadas.


Mientras el budín de Kevin paseaba de mano en mano por la alargada mesa, el estudiante de la Tecnicatura en Desarrollo Web jugueteaba con su pequeño cuaderno de tapa amarronada y comentaba su experiencia recomendando lecturas a sus compañeros, “todos muy programadores”, sorprendido por el interés que mostraban. El joven de 22 años reveló que, si los encuentros fueran virtuales, no asistiría. “Siendo de una carrera tan virtual -explicó- venir al club es como vivir la experiencia de cursar en la universidad”.


El sol de la tarde hace relucir la biblioteca de la Universidad Nacional de La Matanza.

La otra representante de la generación Z presente era Aylén (18): “Me anoté porque estaba pasando por una crisis de identidad, y decidí sumarme a un club” relató.  Cuando se enteró que había uno de literatura, llegó con su cuaderno de tapas negras. Sus compañeros son mucho mayores en edad, algo que había preocupado a la organizadora del grupo, Fernanda Díaz: “Al principio veía una brecha que no sabía cómo resolver, pero resulta que todos aportan una dinámica que lo hace lindo”, comentó.


“Mientras viva, voy a seguir viniendo”, aseveró otra de las asistentes, Nélida Magdalena González de Tapia (62), autora de Mi despedida y otros cuentos, poeta del grupo Rima Jotabé y editora de dos libros. “Para mí -añadió-, no son compañeros, siento que es mi familia”. El que hace más tiempo está en los encuentros es Bruno (75), quien los define como “un espacio donde uno comparte, saca cosas que tiene adentro, e incorpora”. También destacó “el contacto, las personas, las miradas, el apretón de brazos, el cara a cara”. 


La misma opción por la presencialidad se puede señalar de una actividad en las antípodas: los recitales de rock, sobre todo aquellos que van más allá del show musical en sí, como La Renga, que convocó el 31 de mayo a 40.000 personas en Santa Fe. Una amante del género, Janine (20), reveló la gracia de los espectáculos, que los hace distintos a los de otros estilos de música: “No es sólo ver a la banda de cerca, sino también compartir con la persona con la que vas, con otras personas que no conocés, generar vínculos con gente desconocida y de una manera tan fácil que, no sé, es como si fuera un amigo de siempre”.


Contó, por ejemplo, que una de las veces que vio a Los Piojos, hizo contacto visual con otro joven del pogo, o que una de las canciones, “Ay Ay Ay”, invita a los oyentes a levantar sus manos y aplaudir. “Eso no lo puedo hacer en mi casa, si lo ves por Flow te perdés todas las cosas que solo tienen sentido cuando estás ahí”. Mostrando un video del “ritual piojoso”, como los fanáticos llaman al recital de Los Piojos, relató que “también hay gente que está en una ronda, y si viene uno más, todos le hacen espacio por más que esté repleto de gente y que no entre ni una aguja”.



Algo similar sucede con “la misa”, el recital del Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. “La vez que fui a ver a Los Fundamentalistas, mi amiga y yo salimos a las 6 de la mañana, cuando las puertas abrían tipo 19 horas, para hacer la previa”, recordó Janine, que sobre todo destacó el rol del compañerismo: “Ahí te haces amigo del que te vende la cerveza, del que está en el baño y te pasa el papel, de los que están al lado de tu auto… Es toda una experiencia linda estar ahí, como que toca fibras muy íntimas. Por eso, cada vez que veo un recital, en algún momento termino llorando. Y no soy la única”.


En ese momento, según el imaginario social del siglo XXI, un lector promedio de la generación Z dejaría esta nota para seguir navegando en alguna otra plataforma virtual, en la soledad de su cuarto o en el sillón de su casa. Pero las estadísticas y los protagonistas indican que un buen número busca en realidad otra cosa, algo que implica un lugar físico, personas de carne y hueso, un tiempo determinado y un entorno que espera por recibirlos a ellos. Y también a vos. 


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