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Del taller al territorio: el conurbano como obra

  • Foto del escritor: Camila Bozan
    Camila Bozan
  • 19 nov 2025
  • 4 min de lectura

Actualizado: 2 dic 2025

En lienzos o feeds de Instagram, este territorio de la provincia de Buenos Aires va encontrando su representación. Una camada de jóvenes y revolucionarios artistas se agrupan para demostrar la potencia de un mundo que no reconoce fronteras. 



El conurbano bonaerense siempre fue más que un espacio geográfico: es un pulso, una forma de mirar y de habitar el mundo. Durante décadas, su imagen fue moldeada desde afuera, entre estigmas y simplificaciones. Pero en los últimos años, con la expansión de las redes sociales, la democratización de los medios digitales y el crecimiento de una generación orgullosa de sus raíces, artistas, fotógrafos y creadores locales comenzaron a disputar esa representación, construyendo una estética propia que combina orgullo, memoria y resistencia. En ese movimiento, Adrián Nash, Luna Sudaca, Luc Mogni y Lukas Alienígena se volvieron figuras clave.


Desde su taller en El Palomar, Nash recrea en miniatura escenas reconocibles del conurbano: un taller mecánico, un almacén, una esquina con cables cruzando el cielo y una cortina de chapa a medio abrir. Lo que podría parecer cotidiano se transforma, bajo su mirada, en una postal cargada de identidad. Sus maquetas —hechas con cartón, telgopor, cables reciclados y pintura— funcionan como cápsulas de memoria colectiva. 


“Me gusta retratar lo habitual, lo cotidiano. Un choque, un bollo en un auto tiene cierta belleza, ¿no?”, suele decir Nash, como si su obra fuera un archivo sentimental del territorio. En cada pieza hay una atención casi obsesiva por el detalle: las luces de neón, los grafitis, los carteles de ofertas o los restos de humedad en una pared. Pero, más allá del virtuosismo técnico, lo que conmueve es la intención: devolverle belleza y valor a aquello que muchas veces fue visto como “fuera del mapa”.


“Yo, de alguna forma, tengo que retratar las calles rotas, la humedad, que no haya plata para hacer el mantenimiento de la casa”, relata este artista acerca de sus creaciones. Insiste en que los conurbanenses tienen un espíritu de lucha incomparable, que él busca representar mediante la iconización de, por ejemplo, los “arreglos caseros” que tienen los vehículos y los hogares de la zona. 


El fenómeno Nash se entiende gracias a las redes sociales. En Instagram y TikTok, sus videos muestran el paso a paso de cada maqueta, y los comentarios se llenan de frases como “el reflejo más fiel del conurbano”. La identificación es instantánea: su arte no necesita traducción, porque habla el idioma de la vereda. Su obra circula entre museos, ferias y timelines, borrando los límites entre el arte de élite y la cultura popular. 


Entre cables y neones


Adrián Nash no está solo en la tarea de estetizar lo cotidiano. En el conurbano hay una escena artística silenciosa, dispersa y potente que, como él, se propone mirar desde adentro. La pintora Luna Sudaca, por ejemplo, traduce en lienzo los paisajes suburbanos con una paleta cálida y vibrante, en la que las casas bajas, los baldíos y los cables cruzados se convierten en composiciones poéticas. Su obra fue parte de la muestra “Conurbanense”, una exposición realizada en Galería Pasaje 17 (CABA), que reunió artistas del Gran Buenos Aires con la intención de pensar la periferia como centro. 


Algo similar ocurre con Luc Mogni, creador del proyecto PopuArt, que toma íconos del conurbano —el mate, el sifón, el tetrabrik de vino, la cerveza fría— y los reinterpreta en clave pop. “Yo no abordo el conurbano desde la pobreza ni desde la violencia. Trato de rescatar la creatividad, la pasión”, resume Mogni, reivindicando un orgullo estético que desafía el canon porteño. Un grupo de superhéroes que empuja un auto o un pasacalles que alerta sobre “Vero, la roba maridos de Temperley” son solo algunas de las portadas que caracterizan su obra. 


Otro nombre que se suma a este mapa es el de Lukas Alienígena, artista que trabaja sobre vidrio con la técnica del esgrafiado. Sus obras —escenas urbanas de La Matanza y San Justo— rescatan jardines cuidados por vecinos, frentes intervenidos y carteles pintados a mano. En sus piezas se mezcla la precariedad con el detalle artesanal, la fragilidad del vidrio con la solidez del cemento que representa.

Todos estos artistas comparten algo más que el territorio: una mirada. La del conurbano como materia viva, como escenario donde conviven lo bello y lo caótico, lo precario y lo luminoso. Una mirada que no busca romantizar la desigualdad, sino reconocer la potencia cultural que nace de lo cotidiano. 


Estética barrial que aún debe pedir permiso


En este sentido, llama la atención la manera en que el conurbano aún necesita rebuscárselas para ser representado. Maquetas realizadas a todo pulmón, dibujitos en Instagram, mucha difusión y colaboración, porque por las vías tradicionales cuesta más, como si una pintura, una balada o una fotografía eligieran otros tipos de representaciones más “aceptadas”. El matancero, el quilmeño, el moronense debe primero llamar la atención por lo bizarro de su creación y luego, si la suerte acompaña al talento, logra desviar el foco de lo mainstream hacia su contenido. 


Porque lo que hacen Nash, Sudaca, Mogni y Alienígena no es solo arte: es representación. Se trata de poner en valor lo invisibilizado, trasladar el lenguaje del barrio al museo, al feed, al diálogo estético. El conurbano, dicen sus obras, también puede ser símbolo, estética, discurso.


El resultado es una escena nueva, híbrida y profundamente argentina, donde el arte deja de mirar desde el centro para mirar desde la esquina. En ese gesto hay una declaración política y afectiva: el conurbano no es periferia, es identidad. Y hoy más que nunca, se muestra con orgullo.


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¿Quiénes somos?

En tiempos donde muchos te quieren decir lo que significa ser del conurbano, te contamos la realidad; muchas veces cruda y otras esperanzadoras: nosotros nos representamos y nosotros lo contamos.

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